Columna de Javier Flores:Periodista invitado de La Voz y Mundo D
La salida de Julio Buffarini de Talleres abrió varias ventanas para el análisis. Y todas tienen un denominador común: la falta de información fidedigna que refleje el todo, y no la parte, de lo que realmente sucedió y derivó en la partida de un importante referente del plantel. Pero de un referente, y no de un ídolo del club.
Entre uno y otro término, referente e ídolo, no hay sólo una diferencia semántica de por medio. Referente viene de “referencia” y eso era “Buffa”, principalmente. Una gran referencia puertas adentro del plantel, un elemento unificador e integrador en el vestuario, a partir de su indiscutible sentido de pertenencia al club y por haberlas pasado feas cuando la “T” no era lo que es hoy.
Pero por ídolo en el fútbol, se entiende algo distinto. Para ser ídolo, hay que serlo principalmente dentro de la cancha, jugando, con continuidad. No alcanza con sólo ser el primero y el último en llegar e irse en un entrenamiento y demostrar un súper profesionalismo diariamente, algo de lo que “Chacho” ha dado muestras acabadas y suficientes.
Para ser un ídolo, si nos ajustamos a una definición enciclopédica -“persona, cosa o divinidad amada o admirada con exaltación”- a Buffarini le faltó mucho. Sencillamente, porque casi no jugó. Por decisión de Gandolfi, por una supuesta mala relación con el entrenador albiazul, por la lesión de arrastre con la que volvió hace un año para encarar su segundo paso por el club o porque se “le cruzó” a Andrés Fassi por algún motivo que aún desconocemos. Por lo que fuere, todo forma parte de un mimo escenario.
Pero lo cierto es que con apenas 209 minutos de continuidad no logró demostrar para qué estaba, con los 34 años que volvió a Talleres. Y con lo poco que jugó, tampoco marcó diferencias como para para que la titularidad de Gastón Benavídez corriera riesgo. No fue un goleador como “el Cachi” Zelaya o Gonzalo Klusener en etapas futbolísticas claves del club. No se cargó el equipo al hombro como “el Cholo” Guiñazú o convirtió un gol que le diera un ascenso. No tuvo la trascendencia de otros insignes albiazules que sí lo fueron, porque jugaron muchos años en el club y trascendieron en el club y partir , como Daniel Willington, Daniel Valencia, Luis Ludueña, Luis Galván, Diego Garay, Mario Cuenca, Julián Maidana y una larga lista de etcéteras.
Buffarini fue, para Talleres, tanto en su primer paso cuando era un pibe de 17 años y en su vuelta ya como veterano, un sacrificado y voluntarioso lateral derecho, un puesto en el que no es fácil destacarse ni trascender. Sí, con la camiseta albiazul pegada en la piel, que dejaba la vida en cada pelota y derrochaba sudor por amor al club.
Pero su primer paso en el club fue breve, apenas pudo mostrarse y sin lograr continuidad, terminó yéndose para escribir después una gran trayectoria en el fútbol nacional e internacional, no exentas de títulos que lo realzaron y le dieron notoriedad. Y en su segunda etapa, la que terminó ahora, apenas pudo jugar un puñado de minutos en los que se ganó el cariño del hincha, pero en condición de referente y no de ídolo.
No pudo jugar, por las razones que fueren, para revestir en ese sitial pero sí para constituirse en un ineludible referente de este plantel. Como Guido Herrera, pero sin su permanente presencia en la cancha durante años que lo hace ser amado por los hinchas, sin haberse formado en la institución.
¿Qué debió irse de otro modo del club?. Es cierto. ¿Qué su salida mereció otro trato mediático de parte de la dirigencia? También. ¿Qué por su papel “ad intra” necesitaba de otra despedida, no tan triste y melancólica como la del sábado en el Kempes?. Seguro. ¿Que su “despido encubierto” no debía aparecer sólo como resultado de una ecuación costo-beneficio, por percibir uno de los tres sueldos más onerosos del plantel?. Probablemente. ¿Qué no se le reconoció el gran esfuerzo que hizo para volver a Talleres, cuando tuvo propuestas del exterior para seguir su carrera y las resignó?. Es algo tan cierto como que el club también hizo un esfuerzo de la misma dimensión.
Pero si eso no sucedió, es porque, indudablemente, “pasaron cosas”, que aún no fueron debidamente aclaradas, más allá de las declaraciones de Julio, de su representante y de Fassi, que terminaron tensando una relación que empezó muy bien, cuando Buffarini regresó al club con muchas expectativas y como parte de una “movida” mediática y de marketing que pegó fuerte, y que no termina del mismo modo.
Una lástima, pero nada que no pueda pasar. Y de la que ningún jugador está exento en un fútbol tan competitivo como el argentino, el de los campeones del mundo y en el que la supervivencia del más apto se mide tanto por lo que se muestra en la cancha como en la fórmula costo-beneficio que en tiempos de crisis económica como la que actual, atraviesa transversalmente todo.

